El camino de las margaritas

La vida nunca le fue tan fiel como quiso. Vino a veces seria, traicionera, engañosa, daba unas cuántas patadas, y con un simple aliento le devolvía al camino. Un camino que siempre le gustó pensar que estaría lleno de margaritas, como esas que la abuela recogía, cuando vivían en los campos agrestes del viejo San Juan.

Pero ya la abuela no está, y el campo se ha vuelto baldío. Con los pocos trapos probó fortuna en la urbe, sería universitaria, leída y escribida como mandaban los viejos de la zona, aunque fuera después solo para guardar el título en el cuadro de la sala, y partir para la escogida de tabaco.

Con ella no pasaría así. Tenía la voluntad de “echar pa´lante” contaba con su prodigiosa inteligencia, y con el paso del tiempo descubriría sus “enormes caderas”.

En un principio, la cuestión era más bien de acompañar a las amigas, “no era nada malo”, pensó. De vez en cuando una fiesta no viene mal, entre estudio y estudio, además a cientos de kilómetros de casa no había quién para regañarle.

Quizás no era tanto como una moda, sino un modo, uno muy lucrativo de pasarla bien, las olas del malecón prestas a ello, los mejores night club de La Habana, y ella, una guajirita y para más pinareña, que tenía cogido el cielo con las manos.

No le gustaba apenas entrar en las esencias, porque, en definitivas cuentas, muchas lo hacían, compañeras de beca, de juerga y de viaje. Hasta podía darse el lujo de elegir, no podía “comer carroña”, sus muslos definidos, el busto apetecible y una retaguardia de esas que desnucan, la volvían manjar lujoso, sazonado por una exquisita ingenuidad de niña inocente que destilaban sus ojos.

Ni siquiera era por cuestiones migratorias, una mejor comida, la marca del momento y los mejores lugares de la capital podían ser motivos suficientes, de todas maneras límites imperceptibles hay entre lo mal y bien hecho, pensaba.

Las definiciones no eran su fuerte, enemiga por cierto de aquellas denigrantes y absolutistas. Prostituta no era, no, eso es de mujeres baratas, sin autoestima y valor propio, ella era universitaria, y un título siempre da nivel aunque sea colgado en la pared.

Vividora, jinetera, dama de compañía, nada de eso podía encasillarla, de hecho no se preocupaba mucho por ello, eran simples conceptos sin valor ninguno en su modo de vida.

Su lucha era de elite, un servicio culto para clientes cultos, los idiomas venían bien, el protocolo ni hablar, y las perversiones exquisitas en la cama eran la carta de recomendación. Un todo incluido, un paquete de prestaciones de última generación, que declaraba fuera de juego a las corredoras del Malecón.

Ya todo se ha perfeccionado, se busca la exquisitez y ella la brindaba, nadie podía sospechar siquiera, eran años de estudio, todo una carrera universitaria, lo había aprendido en este tiempo, con las amigas de convenciones, conferencias y eventos internacionales, prestas a servir de ayuda al visitante foráneo.

Se creía inteligente, pilla, pasar la universidad era cosa de juegos, pasar la vida, no. Y en lo posible se las agenció para asegurársela, solo tenía que fingir de fin de semana en vez, cuando iba a la casa y pretendía ser la virgen manceba que un día salió con el pelo lleno de margaritas, y ahora viraba aún sin grandes ostentaciones, oliendo a Carolina Herrera.

La madre, sola como muchas, divorciada como tantas y orgullosa de su hija como todas, no cuestionaba. De seguro todos esos gustos, era el novio habanero que tenía,  que con tanto estudio y ajetreo no acababa de conocer. Viajar a ese rincón del mundo era cosa de locos.

Mas, ella era triunfadora, llegaba al poblado con las ínfulas de estudiante capitalina, licenciada aún sin serlo y con casi un año a repetir a cuestas. Con esos aires que siempre distinguen a los que estudian, no va en la ropa, en el calzado, es un aura que en su caso titiritaba a Converse y Chanel.

Quizás no sería la misma, pensar en su vida futura no era cuestión tan necesaria, vivía un día a la vez y para ella eso era más que suficiente. Terminar la carrera, seguir en La Habana, irse del país, no lo había definido aún. El cómo terminar era casi tan incierto al igual que el comienzo, y si tratase de recapitular ni siquiera sabe como fue todo. Ya pasó, ya está.

A nadie en realidad le preocupan  las cosas de los demás cuando se pasa un nivel de la vida, en La Habana no lo hacen, la gente está muy ocupada en cómo ganar más y no perder la casa con ningún familiar, y mamá, la inocente, está muy lejos para tales funciones.

Ya sin la abuela y sin el viejo San Juan, sigue su camino, como lo ha aprendido, como le dejaron aprender, como ella cree que sólo sabe hacer, un camino más fácil, aunque en realidad quién dice que es fácil, de llegar a sus  margaritas…a otras margaritas.

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Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

One Response to El camino de las margaritas

  1. Cruz de Sur says:

    Muy buen post…, y también tu blog.
    Slds

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