Vivimos un país soñado

Foto: Kaloian Santos

Foto: Kaloian Santos

Si algo no asombra de los cubanos es su inmensa capacidad de soñar, de crear futuros a base de fabulaciones, repentinas buenas fortunas y dichas económicas, sustentadas en un país que parece construirse solo.

Cierta y estimada profesora comentaba en una ocasión, “vivimos un país soñado”, y no es menos cierto. Gastamos más energías en pensar el país que queremos, que aspiramos, que pretendemos merecer, que la disposición asumida en construirlo.

Somos, en no pocas veces, un cúmulo de ambiciones, de destinos ideados, un universo sobre las base de deseos frustrados sobre lo que siempre hemos pretendido ser, y que por cierta lógica, no podremos convertirnos, al menos por un buen tiempo.

Asumimos una determinada filosofía del “escape”, tomamos este tiempo de repensar la nación, de nuevas significaciones para la economía y la sociedad toda, como un período de trance, que nos llevará a la nación próspera y abundante que desde hace años esperamos. Pero ¿en realidad cuántos están conscientes de que para lograr al menos un mínimo de prosperidad en un lapsos no corto, es necesario trabajar, y muy duro?

Es que incluso hacemos comparaciones absurdas cuando nos creemos economistas, y en fáciles e ingenuas intervenciones, decimos que si trabajáramos bastante llegaríamos a ser como las potencias china o vietnamita, con un socialismo del que todos hablan pero pocos conocen.

Nos comparamos con los grandes, por ese ego cubano de sentirnos grandes, sin dilucidar por un momento las coyunturas de una Isla larga y estrecha sin otro recurso natural a no ser la voluntad de su gente.

Voluntad de gente que piensa más lo quiere en vez de luchar por lograrlo. Voluntad de gente que ahora empieza a reconocer el valor de un trabajo, cuando antes hasta se regocijaba por no tener uno, o no ir ese día al jornal por cualquier razón, de todas maneras le pagaban igual.

Queremos ser como los chinos o como los vietnamitas, ansiamos tener su país, soñamos con una Cuba parecida al menos a las economías asiáticas que nos hemos imaginado, pero nada somos de parecido a sus habitantes.

Un amigo chino de la Facultad de Comunicación me decía una vez: “Yo no entiendo a los cubanos, quieren tener dinero pero no trabajan para ganarlo, quieren tener trabajo pero se alegran cuando no tienen que ir, quieren mejorar la economía pero viven mirando las demás sin perfeccionar la suya”.

Y es cierto. Muchos tenemos la mentalidad de derrochadores y falsos ricos. Despilfarramos como acaudalados nuestros salarios de obreros; compramos tenis de marca para nuestros hijos cuando ni siquiera sabemos la fibra que llevaremos al plato ese día. Vestimos el último grito de la moda, sin siquiera gastar el mismo tiempo de la compra en pensar cuando podremos independizarnos de la manutención de papá. Combinamos calzado y cartera, sin preocuparnos si quiera cómo arreglar la casa desvencijada.

Poseemos un patrón muy alto de vida, quimeras absurdas y sin proporción con la realidad, o al menos la que hemos mal logrado construir; nos agenciamos artículos más allá de lo que podemos costear, y tratamos con ello de enmascarar con productos caros, aspiraciones de una vida que no tenemos.

Así no hay economía que resista, así ni un 10 % del país que queremos llegará jamás. Pasamos más tiempo en pensar y tratar de vivir la utopía que laborar por una realidad tangible. Queremos el tenis Converse, la televisión de pantalla de plasma, y el IPHONE, más por pensamientos primermundistas aprehendidos, que por verdaderas necesidades de satisfacción personal, aunque con ello comprometamos la seguridad monetaria del hogar.

Basta de querer ser como lo que nunca podremos. China y Viet Nam, e incluso Estados Unidos, son países diferentes, en espacios geográficos diferentes, con más habitantes, más fuerza de trabajo, y más bondades de la madre natura.

Ellos no se construyeron solo del deseo de sus ciudadanos, son base del sacrificio y otras muchas cosas, de décadas, siglos y milenios; y nosotros creemos que en unos pocos años vamos a lograr la superpotencia latinoamericana.

Hagamos posible un país mejor, adecuémonos a nuestras condiciones, pero sobre todo, dejemos de soñar y trabajemos más.

 

Anuncios

Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

One Response to Vivimos un país soñado

  1. Cruz del Sur says:

    Muy buena tu nota. Es un tema que sucede en muchos países de Latinoamérica.
    Pablo Coelho escribió: Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar.

    Cuando quieras te espero en mi blog, quizás yo sea a veces un cazador de sueños…, en todo el universo la gente sueña…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: