Las aventuras de Jaime Sarusky

“Hay que saber esperar. No basta con querer  las cosas para conseguirlas”. Acabo de volver a leer Rebelión en la Octava Casa de Jaime Sarusky, y no puedo evitar remitirme a su apartamento de 21 y 24, donde parecen encontrarse los viejos personajes: la supersticiosa y reticente a los cambios Petronila Ferro y el joven y pujante Oscar, con ansías constantes y turbulentas de revolución.

“Hay que saber esperar. Las aventuras siempre terminan mal. No basta con querer las cosas para conseguirlas”, sentencia por doble partida Petronila Ferro, quizás hasta como antagónico del propio Sarusky para quien abandonar fortuna por ir en busca del sueño anhelado, no ha resultado ni aventura loca, ni ha terminado mal.

Comparto con ustedes parte de nuestra conversación recientemente, por más de dos horas y varios emails.

 

Algunos críticos concuerdan en estimar que los grandes escritores lo son en buena medida gracias a las visiones, estudios y experiencias tenidas en sus viajes e intercambios con otras culturas, países, tendencias y colegas. ¿Cree usted eso? ¿Puede un autor sin tener estas características llegar a ser un buen escritor?

Claro que sí. Hay miles de personas que viajan diariamente, de un país a otro, de un continente a otro, y son incapaces de escribir una línea, una palabra bien dicha, bien concebida. El hecho de que sean ricos, de que tengan recursos y medios de ninguna manera les da la posibilidad de ser escritor o artista. Y la mejor prueba son decenas de personas que no han salido de sus lugares y, sin embargo, han trascendido. Lo más importante es la vocación, es una especie de anhelo personal. Necesito decir esto. Incluso se convierte en una disciplina; si te pones a escribir todos los días, ya después no puedes dejar de hacerlo, porque forma parte de ti, de tu naturaleza.

Estudié en La Sorbona, tuve maestros formidables, algunos muy conocidos como Roland Barthes, pero eso no significa que me haya hecho novelista gracias a mis estudios en Francia. Ninguna universidad enseña a leer, a escribir; a escribir, sobre todo. Escribía mi novela y aprendía a la par de la literatura francesa, sobre problemas de estética, pero no le decían a uno: “A ver, usted, para escribir una novela tiene que…” No, no, no. Bastante que uno tiene que leer y sobre todo pensar y reflexionar alrededor de lo que está leyendo, y eso no se lo van a enseñar, tiene que aprenderlo usted. No aprendí exactamente a escribir, sino a tener por mí mismo una visión del mundo, un poco más seria y profunda, tener la disciplina de ponerme a escribir todos los días, en condiciones bastante precarias.

-En este sentido, ¿cuánto se sacrifica un autor por su obra?

Renuncié a unas cuantas cosas. Mi padre había dejado una suma de dinero, y por razones nada comerciales puse una tienda en Marianao. Allí estuve 4 años, aunque en realidad al poco tiempo ya quería deshacerme de aquello porque lo que me interesaba era la literatura. Tanto era así, que aun dentro de la tienda, malamente atendiéndola, me puse a colaborar con periódicos. Empecé a publicar crónicas y trabajos a lo largo de más de un año. ¿Qué hacía ese comerciante publicando? Eso era lo que quería: escribir y publicar. Hice algunos cuentos, algunos se publicaron y otros no. Ya había empezado a escribir antes de ir a Francia. Liquidé rápidamente lo que había de la tienda, sin siquiera cobrar la cantidad de mercancía real, lo único que hice fue vender la opción del lugar. Ya en Francia viví en condiciones precarias.

Allí a los estudiantes se les alquilaba una habitación que era de la servidumbre. Pagaba una cantidad mensual, y a veces no había ni agua corriente, tenía que salir de la habitación para lavarme, o bañarme en un baño público. No era fácil. Incluso los días de mucho frío, como la calefacción no era buena, me buscaba un calentador y hasta dos porque el frío era bárbaro. El calentador lo ponía cerca de la cama y tenía un poquitico de calor. Hubo días de 17 grados bajo cero. Y así mismo empecé a escribir mi primera novela, La búsqueda. Me demoré bastante en terminarla, tenía muy mala situación, por momentos me iba de la habitación cuando ya no podía más, a un lugar con calefacción suficiente. Pedía algo para beber y me pasaba parte de la mañana escribiendo a mano. Lo fundamental, y no me canso de decirlo, es que del mismo modo que es una maravilla hacer lo que a uno le gusta, lo que uno quiere, es un infierno hacer algo que a uno no le gusta. Siempre haré lo que sea por escribir.

En la XX Feria Internacional del Libro, dedicada a usted, se reeditan algunos textos suyos y se presentan por primera vez muchos libros, entre ellos uno de los más queridos por usted, El unicornio y otras invenciones, por Editorial Unión y su primer libro de cuentos…

El Unicornio…es gente loca de este país. Uno de los artículos es un trabajo sobre el campesino que deja de serlo para dedicarse a esculpir, y esculpe en unos pedruscos enormes cercanos a su casa, donde cada roca le viene de maravilla para hacer su obra, un zoológico de piedra. En otra parte hablo de las parrandas, personas que se pasan el año entero escondiendo los preparativos, y todo para un día nada más. También hablo de la Casa de Cultura de Velazco, con solo 4 mil habitantes y una instalación digna de las mejores capitales del mundo, gracias a Walter Betancourt. Otro de los protagonistas es un cocinero que escribe poesías muy lindas, y una entrevista inédita con Silvio Rodríguez sobre cómo surgió el tema del unicornio. Este es un trabajo con gente loca que anda en busca de su unicornio. Y ahora por primera vez me atrevo a escribir un libro de cuentos, un poco retándome a mí mismo, porque un crítico comentó que yo hacía periodismo, crónicas, reportajes, entrevistas y novelas, pero que yo no escribía cuento; y me picó. Y durante un tiempo me puse a escribir y ahí está el resultado: Ensayos para una seducción.

¿Ha sido Sarusky, entonces, un loco en busca de su unicornio?

¿En cuántas ocasiones ha visto usted a un comerciante que deje de serlo y de ganar dinero, para pasar miseria por escribir? Pero a veces el exceso de lucidez, la lucidez, nos puede conducir a la locura.

Usted dijo una vez que “además de la sensación de libertad hay que aprender a convivir con la incertidumbre de si se es o no se es lo que se quiere ser”. ¿Jaime Sarusky es lo que quiso ser?

Dígame usted. No me voy a morir protestando por no haber sido lo que quise ser; creo que mientras un ser humano esté vivo, tiene ambiciones y debe cumplirlas. Trabajo ahora en una novela y tengo distintos lugares donde encuentro notas a cada rato (risas), entro por un rincón o por otro y veo una de tal cosa que dice tal personaje o tal situación. Mientras esté vivo, tenga energías, y lucidez sobre todo, voy a estar buscando; empecé mi primera novela buscando con el hombre que quería buscar qué buscaba. No estoy seguro de si cuando esté en los estertores todavía tenga la inquietud de algo que hubiera querido decir, de algo que hubiera querido hacer, pero si congelamos el tiempo y llegamos hasta hoy, no estoy molesto conmigo mismo por lo que he hecho, al contrario, pero sé que mientras me quede un hálito voy a intentar decir unas cuantas cosas que pienso todavía vale la pena decirlas.

Leer además

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Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

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