¡Qué me tenga cuidado la vida!

No importa cuán despiadada se presente, cuán desgraciada, atravesada, y de todas las maneras posibles, tratando de joderme la existencia. No importa si por momentos se torna desagradecida, insoportable, inalterable, al punto de la asfixia.

No importa si me tira, me recoge y se arrepiente de haberme dejado una y otra vez a la suerte del camino. No pensaré siquiera en perder el tiempo; no importa si no llega cuando estoy a punto de desfallecer, si me hace tomar senderos oscuros para llegar a una meta que por veces, incluso demasiadas veces, desaparece ante nuestra vista.

No pienso pedir oportunidades, las arrebataré, las lucharé, las haré mías, aunque aparentemente no las merezca. Basta de esperar alientos que no llegan, amores que se tornan tardíos y mustios, basta de esperar milagros que solo son fruto de nuestra imaginación.

No pienso dejarle la batalla ganada, ni siquiera que piense que le daré el gusto de verme tirada en plena cuesta porque la montaña me ha parecido demasiado alta. No pienso siquiera pedir perdón porque en la batalla me he equivocado, lo haré una y otra vez, la voluntad todo lo puede, y eso es lo que nos debe sobrar.

Hasta cuándo esperar las migajas de un destino que se burla en nuestra cara por la poca fortuna que nos depara, hasta cuándo dejar en boca de la gente una felicidad prestada que dura tan poco, hasta cuándo justificar con pretextos nuestras malas decisiones, nuestra miserable vida.

Querré enormemente aunque en cada intento deje un pedazo del espíritu; brindaré toda la esencia de un alma pura, a pesar de que en cada intento las sombras le acechen; haré el bien incansablemente aunque la desidia cierre todas las puertas.

No vale la pena albergar la angustia, ya muchos lo hacen, por qué ser otro más; seamos distintos, pretendamos hacer lo imposible, brindemos nuestro corazón cuando muchos crean que todo está perdido.

Y que ni se imagine que por doler me daré por vencida, que por llevarme hasta el abismo, la soledad podrá mellar mi voluntad; el consuelo llega siempre, tarde o temprano, con la tormenta o tras las primeras luces del alba.

Hoy daremos menos, mañana más, hoy tendremos un poquito, mañana mucho, hoy nos parecerá la meta una eternidad, mañana más cerca que ayer. Las soluciones a veces están tocando a la puerta, pero estamos tan preocupados por la tormenta que olvidamos abrir las ventanas para dejar entrar un poco de aire.

Amar, trabajar, luchar, existir…lo haría una y otra vez, sin resentimientos, sin temores, sin angustias, es muy corta la existencia como para recriminarnos pérdidas y malas rachas. Perdemos más tiempo sufriendo por la caída que tratando de encontrar nuevamente el trayecto que nos lleve a finales mejores.

Algunos pensarán estas palabras demasiado optimistas, pero nadie quiere más nuestra felicidad que nosotros mismos. Tenemos que convencernos primeramente nosotros que no la merecemos, para que los demás lo vean igual.

Solo caeremos irremediablemente cuando pensemos que no tenemos nada más por lograr. Al menos yo, no lo haré nunca, aunque venga desgraciada, insoportable, inalterable, al punto de la asfixia. ¡Qué me tenga cuidado la vida!

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Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

2 Responses to ¡Qué me tenga cuidado la vida!

  1. Katia says:

    Mayra gracias por el texto que has escrito. Al leerlo me dieron deseos de vivir y no preocuparme por esas pequeñeces que a veces nos roban el tiempo. Coincido contigo en que nadie quiere más nuestra felicidad que nosotros mismos, así que hay que luchar por ella y buscar el camino a un destino mejor …saludos y espero volver a leerte pronto

  2. Tomás Rodríguez says:

    La angustia valdrá siempre la pena albergar……pero por entes y seres que trascienden la temporalidad…

    Gracias por estas reflexiones que tienen un aire tan cercano a Nietzsche….

    Un abrazo

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