Nadie dijo que sería fácil

Hace poco alguien me decía: “para qué pasas tanto trabajo, por qué te empeñas en librar batallas en las que nada ganas, por qué te buscas problemas insolubles. Nada cambia”.

“La cuestión es vivir con la menor cantidad de recondenaciones, no buscarnos rollos por gusto y menos si no podemos solucionarlos; tratar de sobrevivir con lo que nos toca y de lo demás que se encarguen otros”, me espetaba mi interlocutor

Lo más triste es cuando te palmean el hombro y te dicen: “todo muy bien periodista, muy bueno su artículo, estoy de acuerdo con usted, pero eso no va a cambiar nunca”, expresan algunos.

Y no es esta, por desgracia, una opinión única y aislada en la sociedad cubana actual. ¿Acaso no le ha pasado lo mismo ante trámites burocráticos, discusiones por exigir sus derechos como cliente, dilemas sociales que nos inundan en la existencia diaria?

“¿Qué ganas con eso?”, me cuestionan no pocos; por ocasiones lo he pensado, sería iluso negarlo, pero convertir la idea en patrón de vida, ahí está la diferencia.

Si eso lo hubieran pensado todos los hombres y mujeres a lo largo de la civilización humana, los franceses no hubieran tomado la Bastilla, Carlos Marx no hubiera escrito El Capital, Martí sacrificado su vida por la independencia de Cuba, Che Guevara partido hacia tierras inhóspitas por el bienestar del hombre, ni Fidel se hubiera instalado en la montañas de la Sierra Maestra para lograr la definitiva soberanía de la Isla.

Siempre será más cómodo “pasar” los problemas con vaselina que tratar de erradicarlos de raíz, seguir el cauce que nadar contracorriente.

Por mi parte, me uno a las huestes de los “soñadores”, creo en los imposibles, en un futuro superior, y sobre todo creo en los hombres, en los que construyen sin manuales un país desprotegido por la fortuna de la naturaleza, saqueado por años de colonización, protagonista de un socialismo construido en un camino de sinusoides con logros pero también con decisiones erradas aún cuando han sido en nombres de las buenas intenciones.

Me niego a deponer las armas en la batalla diaria por una Cuba mejor, a renunciar a la utopía, a sucumbir en el estatismo, en los esquemas que esclavizan a las ideas, la espontaneidad, la quintaesencia de las grandes revoluciones.

Me niego a permitir a burócratas que encadenen el progreso, lo vistan de papeleo, y usurpen a la vanguardia por miedo a lo desconocido; a dar cabida a insolentes que aman lo que obtienen y no lo que hacen, a los que se escudan de la Revolución con arengas y panfletos y, luego timan en su nombre y en el del socialismo.

Me niego a caer en la desidia que traen las limitaciones materiales, en las proposiciones malsanas de quienes mellan el alma de la Patria en nombre de un futuro idílico; a consentir la vagancia que reina en estos tiempos de hambre de espíritu, de dinero fácil y cuerpo alcancía.

Me niego a clasificar Revolución en un concepto estático, colocarla en un altar y venerarla como quienes creen en sus dioses, aunque después le maldigan cuando no tienen buena ventura.

Me niego a apadrinar una prensa aburrida, monotemática, hija del encasillamiento y la comodidad mental.

Me niego a tolerar a quienes esgrimen que no hay diferencias de clases y despilfarran en una noche, el equivalente a un salario de obrera, a quienes venden las ideas de democracia y derecho ciudadano sin haber leído nunca a Althusser.

Prefiero cabalgar rocinantes, desfallecer con adarga o sin ella, antes que ceder a la apatía y al conformismo de los que ya dieron la batalla perdida.

Se que existen muchos cubanos, miles, millones que piensan como yo, solo son víctimas de la cotidianidad, de una vida que les ha superado por lo difícil e imprevista, de un desaliento que por veces les acompaña, como al mismo destino de la nación, que ni aún así descansa en buscar el camino anhelado.

Y es que hay luchas que no se libran para uno mismo, hay victorias que no las llegamos a vivir nunca, y solo vendrán para las nuevas generaciones. Pero todo cambia, es la ley de la naturaleza, de la raza humana. No sucederá de la noche a la mañana. Nadie dijo que sería fácil. No lo fue para Ho Chi Minh, Gandhi, Martin Luther King, Fidel…no lo será para nosotros.

 

 

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Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

3 Responses to Nadie dijo que sería fácil

  1. Tomás Rodríguez says:

    ésto fue un bello Credo…

    Sabes muy bien que considero que más que problemas de una nación, son problemas de la humanidad…

    • Maycardentey says:

      Tomás, opino lo mismo, son problemas de la humanidad, más que de una nación. Como siempre, gracias por tus comentarios, son bien recibidos

  2. Asiel Hernández says:

    Lo peor de todo es que esa práctica se reproduce como una plaga, dejando numerosas bajas. Solo con sed de altruismo se puede con esa pandemia.

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