Yo también tengo miedo

Apretaste mi mano, fuerte, sensible, certera: “Tengo miedo”, susurraste lentamente, mientras volvías recostar la cabeza en el sillón de mimbre

“Vamos, Pepe”, dijiste días antes con esa manía de viejos de nombrar muertos, cuando menos se les espera. Y esa tarde, repartiste besos por doquier; ingenuos nosotros que pensamos en tu pronta recuperación y ya te veíamos rodando tu sillita por pleno pasillo central del caserón.

Tanto que te aferraste a la vida, tanto que batallaste: sobreviviste la muerte del esposo amado, viste partir a muchos de los tuyos, hallaste en cada pequeñez nuevos hálitos de esperanza. “Ella nos enterrará a todos, es una tora, mira qué bien está”, decíamos, y aún asombrados, por el poder estomacal de tu cuerpo, capaz de engullir lo que los más mozos no podíamos.

Tú, que te maquillabas hasta para salir del cuarto. Todos los médicos, pacientes y acompañantes, tenían qué hacer con tu belleza angelical: ¡Qué viejita más linda! Y así fuiste hasta el final.

Te fuiste callada, en la noche alegre, no quisiste partir triste, no quisiste que los tuyos quedaran tristes…Días feriados, juergas por doquier, que no daban demasiada cabida a la pesadumbre…En medio de una fiesta, como fue tu propia vida, transcurrió tu camino a la morada final… Allí te esperaba el Gordo, hacía ya tanto que lo hacía, pero tú siempre querías un tantico más…

No vale apenas recordar cuando te entregaron como bulto de estiba, como mercancía de trapicheo, amarrada por ambos costados en un sábana ensangrentada, como para que no te desparramaras por los costados…cómo te pusimos en aquella caja endeble, que apenas aguantaba tu peso, con el comodín en la cabeza lleno de aserrín y residuo de madera barata, cómo la tapa superior se desgajó y el cristal empañado menguaba tu aún bella imagen…

Aquel mocetón de 30 años alivió todo pesar sentido por el desánimo y la apatía humana de quienes usualmente lidian con la muerte. Aún bajo nuestro asombro te arregló, con tanto esmero, que ni nosotros mismos pudimos hacerlo mejor. Julito, un muchacho bien parecido para quienes se asocian a tales menesteres, te moldeó el rostro rígido, te puso una sonrisa carmín en los labios, te sonrojó los traslúcidos pómulos, le devolvió la vida a tu rostro. Vieja zorra, hasta para eso supiste escoger bien…siempre tan coqueta.

Ahora sin ti, la casa queda más vacía, el comensal de la mesa parecerá más amplio, y esta familia poca y dispersa, queda a menos. Fuiste y quiero resignarme a pensar que aún seguirás siendo, motivo de unión entre los nuestros.

El consuelo siempre queda, de que ha sido lo mejor. Pero, no por esperada la muerte es menos dolorosa; no por anhelada, la paz llega cuando se va un ser querido.

Confío como todos, que el tiempo curará las heridas, que la vida continúa y que al final fue mejor así, para ti, para nosotros, para todos… Pero hoy apenas puedo dormir, sueño contigo, sueño por ti, por todos los de acá que nos quedamos con las manos abiertas, esperando otro abrazo…

Temo nunca tener esas ansía tremendas tuyas de amar la vida por encima de todas las cosas, de no ser capaz de en cada momento saber hallar la magia en las pequeñeces que nos rodean, de no poder encontrar la paz hasta en la propia soledad que la existencia caprichosa nos impone…

Ves, abuela…yo también tengo miedo…

 

 

Sólo la muerte…Pablo Neruda

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido de perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba,
en la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

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Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

2 Responses to Yo también tengo miedo

  1. Tomás Rodríguez says:

    Mi más sincera y sentida solidaridad y aprecio para ti, y los tuyos en esta hora. Ahora entre todos, y en el corazón de todos, estará con ustedes….

  2. jorge says:

    Me uno a tu sentir,he pasado la experiencia de perder primero a mis abuelos y despues a mis padres,es dificil de superar, pero siempre estaran con nosotros de alguna forma, y estaremos agradecidos por lo que han significado en nuestras vidas,nuestro mejor homenaje es mejorarnos dia a dia para que ellos puedan, ahi donde esten ,sentirse tranquilos

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