Dicen que nació un miércoles…

Dicen que nació un miércoles, siempre fue medio atravesada. Dicen que dio guerra hasta el final, fue obstinada, vaga, irreverente con el vientre materno, desequilibrada nata desde la placenta.
Dicen que fue un día de esos, de los que nadie quiere recordar, ni la madre, ni el padre, ni sus abuelos. Ella, por supuesto, no se acuerda.

“La madre casi se muere”, cuentan de vez en vez. “La niña no quería nacer”, “llamaron por el altavoz, pensamos que era todo”, recuerdan los más viejos. “Y yo que me hago con esta niña solo”, titubeó el papá entre la angustia.

Dicen que nació un miércoles, en el espanto de una madre primeriza, de una familia que recibía a la primera nieta, del martirio de un padre tan nervioso como la parturienta, de la impotencia de un equipo médico que comenzaba casi a escribir el prólogo de una desgracia.

Fatal e irremisible parecía toda aquella jornada, no avanzaban las horas, los minutos jugaban a detenerse, y la futura madre a la intemperie de su ser: inconsciente, trágica, arrebatada por sacarse del alma y del cuerpo aquello que le desgarraba la existencia, que le robaba la misma vida.

Y le desgarraron, le vaciaron la esencia y más allá, le apretaron la criatura, le consumieron las interioridades, y ella solo pensaba que no vería el sol de triunfo de tan magna batalla.

En la recámara fría de aquel salón impersonal, de aquel duelo incólume, semimortuorio, maldito, desigual, ella solo rezaba para que naciera “buena”; en las curvas incoadas de la nueva vida, solo rezaba porque llegara sanita a los brazos de aquel hombre barbudo que afuera esperaba el milagro doble.

Se sintió superada, vivida, traspasada, respiró por instantes a través de la débil criatura, se convirtió en ella en la misma medida en que el diminuto cuerpecillo embebía las primeras nutricias maternales.

Todavía en el letargo de un parto insufrible, inenarrable, no dejaba de pensar en la miniatura suya, iniciada en sí, salida de sí, parte de sí. Otro susto, y otro; otra operación, y otra, otra casi muerte y otra…

Y no más pensaba, cómo enseñarle tanto en tan poco tiempo; cómo decirle que no importa familia chica, cuando hay dicha grande, que no hay riqueza material sino se tiene salud y valor moral, que no hay enjundia intelectual valedera sino hay buena comunicación, que no hay inteligencia mayor que la de saberse humilde ante el conocimiento ajeno.

Cómo hacerle entender que sus por qué siempre tendrán porque, que guardar la mitad de la verdad sabe a mentira igual, que aprenda a respetar su respeto, que necesita el doble de tiempo para entender la mitad de las cosas, que una familia funcional es posible, que una mesa puede tener todas sus patas, que sí hay amores para toda la vida.

Cómo enseñarle que el queso amarillo combina con todas las comidas, que ser “blancuza” también tiene su arte, que se puede ser tan bella como se sienta una misma sin embadurnar tanto la fachada, que los hombres gorditos también tienen su encanto.

Solo le desconsolaba no poder insistirle en que planificara no tener planes, que hiciera todo cuánto pudiera mientras pudiera, que la vida no es justa, que es solo vida, que no te toca, se lleva.

Ella pensaba, y todo su rededor fenecía, se extinguía, y otra vez, el susto, la transfusión, los médicos sofocados por el alto parlante.

Dicen que todo lucía perdido. Media maternidad movilizada en aquel caso que parecía no progresar. La familia desconsolada ya nombraba a la niña con el apelativo de la casi fallecida.

Dicen que nació un miércoles… y desde entonces hay dos Mayra en mi casa.

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Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

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