Mendigos y locos del alma

Mientras el impenitente calor sofocaba hasta las aceras en plena calle Cavada, apareció. Llevaba una pequeña y roída camiseta que parecía en sus buenos tiempos haber sido blanca, un short casi indefinible como prenda de vestir, y los mocasines, hambrientos, dejaban entrever unos dedos tiznados y putrefactos.

La barba imploraba algo de agua y jabón, un gran tabaco mutilaba sus labios y de vez en vez, se le veía por la comisura, pedazos de la solanácea que se resistían a ser mascados. Con un vasito plástico castigaba a la garganta con el sorbo de sabe quién qué cosa, que lo estremecía de pies a cabeza cuando bruscamente “se lo echaba” encima.

Al rato ya había protagonizado más de un espectáculo: el vendedor de fritas le había regalado par con tal que no le “mareara” más la clientela y la cola de personas que esperaba la ruta cuatro se dispersaba por momentos al paso de su tufo disfrazado de baño de carnaval. Algunos le lanzaban improperios; otros, se burlaban de sus pies casi descalzos y de su jerga-dialecto, no pocos, ni se inmutaban y seguían hablando de las abrasadoras temperaturas, de la actuación cubana en las Olimpiadas…de nada.

Días atrás la escena no era muy diferente. El bullicio de plena calle Martí en Pinar del Río,  era condenado al más inusitado alboroto de palos y latas. El frustrado cantante de pelo rizado y melodía confusa gobernaba aquella esquina de la tienda Panamericana; necesitaba aires públicos para consumarse a plenitud en sus extrañas y únicas interpretaciones, ¿por dinero? ¿por placer? ¿por locura?

Y todavía te los encuentras más: el señor gordo que desanda medio Pinar del Río con los callos besando pleno asfalto, arrastrando más que miseria y una voluptuosa figura envuelta en trozos remendados de saco; aquel cuya cara no pudimos descifrar cuando nuestro fotógrafo Diego Estrella le robaba par de bostezos a puro flash al descubrirlo dormitando en el portal de La Quincallera; la muda que descubre su endeble anatomía por un buche aunque sea de “chispa de tren”; o el que parece tener en usufructo el rincón del frente de El incendio, ese grandulón que, de vez en vez, cuando nadie lo mira, le pide prestado los kilos a San Lázaro para mitigar el hambre con un “jamón con pan”.

Mendigos, indigentes, pordioseros, menesterosos, necesitados, cumplidores de promesas. ¿Quiénes son? Algunos, medios locos; otros semi cuerdos; no pocos, vivos completos. Ni siquiera eso es lo más importante. ¿Lo peor?, es que ya parecen no importar.

En el mejor de los casos sirven de escarnio público, mofa colectiva, burla, como si fueran demasiado ajenas a nuestras circunstancias su desgracia, pena o “habilidad”…Ya no nos preocupan.

Pero. ¿Quienes están más locos, ellos que no se dan cuenta de sus locuras, que las aparentan o que viven de ellas, o nosotros que las ignoramos, nos mofamos o en todo caso apretamos el bolsillo y viramos el rostro?

Junto con esos visos de indigencia, de desquicie destilan otros atropellos afectivos: desinterés, desidia, conformismo, aceptación invisible, probada invalidez de algunos que se han cansado, depusieron armas y los han dejado a su libre albedrío.

Pululan sin que nadie aparentemente se ocupe de ellos, sin que nadie los “recoja” como dicen algunos, les entienda, les auxilie o al menos les haga comprender, a esos más cuerdos, que trabajar también es una opción de vida, y que los santos también se cansan y les pueden cobrar caro la evasión de fisco.

Andamos como si fuéramos dos sociedades: esa que intentamos ser, que pretendemos, que queremos, y la otra que por veces emerge casi imperceptible, nos golpea el rostro y deja noqueados en cualquier esquina; esa sociedad que anhelamos, resistimos y perseveramos, y la otra, de miseria económica y mendicidad de alma.

La muda, el hediondo, el descalzo, el músico, ellos llevan consigo el desagradable rótulo de una ciudad que por veces parece no importarle semejantes estampas, de una ciudad que ve pulular cada vez más estas cuestionables escenas, de una ciudad que tiene locos y mendigos, y no solo estos, los más evidentes, los que algunos piensan que piden solo dinero cuando necesitan al menos un poco de atención, amor, interés y ¿por qué no? censura judicial.

Será siempre más fácil aborrecer las vulgaridades públicas, criticar los corroídos resquicios sociales, reírse de la ridiculez ajena, aparentar “no ver nada, no decir nada”, asumir la indiferencia como arma peligrosa de complicidad.

No puede ser que los miremos como si no les quedara más remedio que existir, como si fueran la parte más pedestre dentro de la convivencia cotidiana. La capacidad de creer en este país y en nosotros mismos tiene parte también reservada para ellos mientras los sepamos tirar de la mano, la necesidad de descolchar la mugre que invade por veces a nuestra sociedad necesita igualmente tenerlos en cuenta.

La vida es un pañuelo diría mi abuela, y quién se atreve a asegurar que el día del mañana, cuando las decenas de personas que absortas en sus regocijos y miserias hoy desandan por Martí, Cavada o Gerardo Medina, pasen indiferentes y viren el rostro al verlo a usted vociferando irregularmente con palo y lata una canción del Benny o a mí, zarandeando con paso flemático el cuerpo semidesnudo por un trago de ron.

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Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

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