Periodismo: no apto para hipertensos

periodismoSiempre lo he dicho y no me creen: el periodismo no es para hipertensos. No es para aquellos que no comen con sal, cocinan bajo de grasa o hacen dieta, aquellos que guardan en casa esfigmomanómetro para cuando se descompensen.

Dicen los que saben las estadísticas, los médicos, que la primera causa de muerte son las enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares, muchas de ellas causadas por hipertensión. Se estima también una inmensa cantidad de casos no diagnosticados. ¿Cuántos serán periodistas?

Morir de periodismo es como una enfermedad silenciosa. A veces no sabes ni que la padeces, se encuentra tan enraizada en ti, tan adaptada a ti, tan parte de ti mismo, que no la quieres ni aceptar como no tuya.

El periodismo, créanme, en ocasiones, no es saludable. O sí. ¡Qué confusión! Por momentos se torna apacible, se desliza silenciosamente, se vuelve mañoso como los años que se arrastran por la pluma y el papel. En otros, deviene convulso, bullicioso, tomándole el pulso a una sociedad a veces injusta, a veces comprensiva.

¿Qué hacer cuando sube la adrenalina por aquel que niega la entrevista debido a una circular que así lo encomienda? ¿O aquel otro que desmiente palabras que supuestamente no dijo porque le “han cascado la pintura”? ¿O aquel que pretende hacer de tu trabajo un panfleto de loas y arengas?

¿Qué hacer cuando el propio trabajo se torna monótono y aburrido? ¿Qué hacer con quienes te imputan inamovilidad en los criterios? ¿Qué hacer cuando la crítica se vuelve demasiado inflexible como para asumirla?

¿Qué hacer con el absolutismo que a veces permea los artículos? ¿Qué hacer cuando a veces también los mutila? ¿Qué hacer con aquel que se piensa editor no asalariado de tu propio medio de prensa?

Y por temporadas yo misma me palmeo y me digo: “Mi misma, hay que seguir, esta es tu lucha, esta es tu adarga, esta es tu escogida cruz”. Muchos están en el mismo camino con ella: unos más arriba; otros más abajo; los más, codo a codo.

Todos comparten la emoción, el susto, la tensión fuerte que es hacer prensa: desde el corrector, el diseñador, el fotógrafo, el periodista hasta el directivo. Todos están propensos a una 210 con 120.

Y es que el periodismo no se cura. No se baja con nitroglicerina, ni lleva un tratamiento con captopril o atenelol.

El periodismo es una enfermedad de por vida, es un agridulce padecimiento de existencia, como un cachumbambé donde los términos altos por momentos asustan, pero siempre se tiene la certeza de llegar a tierra.

Como la hipertensión, afecta a los órganos diana: no se sabe cuándo duele el corazón por una errata o mal trabajo; cuándo explota el cerebro por aquel que no acepta la crítica asertiva; cuándo se enceguece la vista ante la pérdida de la cordura de una fuente, o cuándo el riñón lanza la alerta de hacer necesidad ante la espera de una reunión con algunas de las partes inconformes con tu reporte.

Ser periodista es mordisquearle vida a la vida; arrancarle a toda costa futuro a la sociedad; sentirse con la inquieta lucidez de quien saborea el eterno desafío de considerarse útil; balancearse sobre la incertidumbre y el vértigo de una verdad en ocasiones desprotegida, anclándole cubanía a puro sacrificio y coraje,

El periodismo, ya lo sé, lo he confirmado, es nervio vivo, como si la noticia te saliera a buscar a tiro limpio, desatinadamente veloz como para practicar carrera de fondo, demasiado rauda y veraz como para equilibristas tendidos en cuerda floja sin pértiga ni malla de protección.

Siempre lo he dicho y no me creen: el periodismo no es para hipertensos. Por eso pienso que terminaré mi vida con un infarto miocárdico agudo. ¡Qué dulce muerte sería! ¡Qué lástima que soy normotensa!

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Acerca de Maycardentey
Semi nativa digital, pinareña por causalidad y no por casualidad. Irremediablemente zurda, virgo por antonomasia y convencida periodista.

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