Del lenguaje de “apertrechados” y cubanos “belicosos”

10367-fotografia-gTal pareciera por momentos, la vida del cubano como una indiscutible zona bélica, de esas en las que no se deponen armas, aún en tiempos de reinante paz. No se sabe, a ciencia cierta, si será cuestión de identidad, de genes guerreros o una nación que se fraguó en el campo de batalla, pero la cotidianidad de la Isla se debate en un discurso exquisitamente “beligerante”, muestra de un carácter, una idiosincrasia… una cubanidad en extremis combativa.

El fenómeno de la presencia de alusiones bélicas o batalladoras en el lenguaje cotidiano de los cubanos, se debe en buena medida al ser un país que ha transcurrido gran parte de su existencia civilizada en luchas de liberación nacional o supervivencia. En este sentido, quizás el hecho devenga resultado de una historia permeada de guerras: primero de colonización y abolicionismo, luego independentistas, y más tarde generadoras de una de las revoluciones más conocidas de la historia mundial. Ello sin descontar que Cuba ha padecido durante estos más de 50 años varios intentos de subversión en todas sus variantes: guerra fría, de los misiles, mediática y bloqueo económico.

Ello, como la lógica de todo proceso sociocultural dota al cubano de una identidad de alerta natural, de estar con frecuencia “a la defensiva”, de posición combativa en cualquier campo de batalla, sea en una trinchera enemiga o en la propia cola del supermercado. Leer más de esta entrada

Anuncios

Querer a Cuba (+ fotos)

kaloian-cincuenta-veces-cuba-10-banderaA veces quisiera sacarla del corazón cuando se vuelve insostenible, insufrible. Quisiera escribirla como Miguel de Cervantes, ese lugar del Caribe de cuyo nombre no quisiera acordarme. Es imposible hacerlo.

Me hace aventarme una y otra vez contra sus molinos, y a la vez me levanta, me quita el polvo y devuelve la adarga al brazo para seguir la contienda.

Por veces le recrimino, le lloro, pero como las pasiones eternas, al tiempo se me pasan las penas y vuelvo como los viejos enamorados a revolcarme en sus esquinas, esas esquinas bacheadas, endemoniadas, vapuleadas, tan mías.

Aun cuando intente pretender por veces la ingenua finalidad de alejarla de mí, aun cuando haya quien me venda la sutil idea de alcanzar otras márgenes, viene a mí porque es imprescindible, viene a mí para que le acoja en mi lecho, para que no le niegue. Leer más de esta entrada

Un día para todo, ¿y para mí?

calendarioMe han repartido los días, me los han ordenado, formado en fila, puesto nombre y dedicatoria. “Lo tienen to´ pensa´o”, como dijera el “acere” de mi barrio, y me cuesta darle la razón. Pero es verdad. “Lo tienen to´pensa´o”.

El almanaque lo han desmenuzado, piece by piece, y le dedicaron un día a todo: al agua, a la mujer, a las madres, al bancario, la bibliotecaria, al trabajador de comercio o al campesino, al Ozono, a la lucha contra la homofobia, o en contra de la lepra. Ya no sé qué celebra cada cual, da lo mismo el día de la garrapata o que liberen a los perros chihuahuas. Hasta para lavarse las manos hay una jornada. ¡Nada me extraña!

Es una especie de reconocimiento in situ, de paradoja tan inclusiva que excluye, es una obsesión matemático-social de porcionar el calendario para no pocas veces satisfacer egos profesionales, solucionar problemas medio ambientales insalvables y saldar deudas con prejuicios remotos. Como si la homofobia se acabara en un día o los campesinos sintieran más amor a la tierra los 17 de mayo. Cuadriculan jornadas, solemnidades, homenajes, como si todo se tratara de 24 horas cíclicas, repetitivas, aburridamente periódicas, y por ende divorciadas en muchas veces, de los otras 8 736 restantes del año. Leer más de esta entrada

“Locos” por la Ruta Cuba (+fotos)

caminantes_cabo-179 días y 2 134 kilómetros recorridos. No fue fácil. ¡Nada fácil! Era el día 78 ¡78! Un viernes: habían pasado ya 1 872 horas, 112 320 minutos, 6 739 200 segundos, y más de 10 pares de zapatos gastados: estaba quien desgarró uno por día; otro a dos por mes; ¿los más? rompían siempre el mismo: hambriento y zurcido. Y ahí estaba ¡al fin!: el Cabo de San Antonio.

El sol ya se escondía, al igual que un lagrimón de Liliana, por la misma península de Guanahacabibes. “¡Caballero, que no se diga!, ahora que llegamos no puede haber lágrimas”, se apresuró a decir Reinaldo, quien, con el rostro torcido, jugaba a las escondidas con par de ellas.

Todos se miraron, se bosquejaron, se examinaron con aguda mirada de médico, de madre, de amigos de aventura a lo Indiana Jones: “¿Y ahora qué hacemos?”. Leer más de esta entrada

¿El mejor oficio del mundo? (+fotos)

preparador de muertosLo imaginé envuelto en una aureola mística de morbosos secretos y escalofriante pasado. Hasta cierto punto, la banda sonora de aquel instante quedó en pausa; la risa diabólica que siempre imaginé escuchar al escudriñarlo por primera vez no existió.

Aunque siempre se predique que hay que tener más respeto a los vivos que a los fallecidos, el miedo a la muerte es todavía un temor ancestral predominante en nuestros días. Las historias que rodean a aquellos que trabajan de alguna manera con occisos, no pocas veces tienen sesgos fantasmagóricos, y un mínimo de reconocimiento social.

Él tiene un nombre común, y su fisonomía no tiene nada que ver con la apariencia de espanto, hasta pudiera decirse que resulta agradable a simple vista. Luis Cándano, joven de 32 años, tiene la intención de rebasar ciertos convencionalismos. Es técnico preparador de muertos y siente orgullo al decirlo. Leer más de esta entrada

Sueño de una noche de verano

Con temblores de pies a cabeza, la ropa bien ajustada al cuerpo estremecido por los espasmos de frío, caminando por la avenida helada a la caza de la llamada «acera de los bobos»… Así sueño los próximos días de invierno.

Extraño esas ansias constantes de arribar a un lugar hermético, mientras se agradece como regalo divino el cafecito caliente, el rayito de sol y la ausencia, a toda costa, de la más leve brisa.

Añoro tiempos como esos de adoración de guaguas, exponentes predilectas del amor entre nuestros coterráneos, amor que brinda al compañero de barra el calor humano que la naturaleza niega, tan apretaditos así, donde no quede ni una sola rendija para que penetre el más trivial vientecillo. Leer más de esta entrada

Mi casi ciudad, mi mucha gente (+ fotos)

No tiene iglesia con parque en el centro de la urbe, ni siquiera puerto de mar, Prado ni Malecón largo; su único río urbano, que le da honor a su nombre, es innavegable; y aún sueña con su bulevar. Así pudiera describirla a mis colegas cada vez que me piden una referencia sobre ella.

Pinar del Río todavía no es una ciudad; a veces pienso que quizá tampoco clasifica como un gran pueblo. Es una especie de comarca calmosa con horario laboral; solo existe de ocho a cinco. Fuera de esta moldura de tiempo, es como la villa de Pedro Páramo, donde repica el sonido vacío de las pisadas en la calle. A las siete de la noche tal parece que el «pueblo» feneciera de a poco, nadie sale de casa y las callejuelas se ponen tristes.

Vueltabajo, que cada vez se queda con menos «abajo», no presume de sus dotes de capital de provincia, apenas, si la escudriñas de refilón, se convierte en un montón de calles, zigzagueantes a veces, cuadriculadas otras, con portales corridos, semiparques, y una calle Real o Martí con ínfulas de quincallas de urbe. Leer más de esta entrada

A %d blogueros les gusta esto: